Si pensáramos que no hace falta una acumulación de palabras cualquiera para definir aquello que no podemos apresar quizá sería más fácil.
Evidentemente padecemos el verbo y necesitamos construir para decir y transformar el decir en creencia ya aprehendida.
Recuerdo una noche en las piernas de mi padre. El humo en el aire viciado. Mis ojos se cierran. Y yo escucho. Como un zumbido entre mi oído la tela del pantalón de él, que se agita inquieta de sostener al niño.
¿Dónde estará aquel movimiento incómodo de mi padre? Ahora callado. Ya nadie va a decirme lo que tengo que hacer. No es que extrañe. Sólo digo la extrañeza de no saber qué fue de todo lo que vivimos. En qué lugar lo que fuimos. Ahora en ese cuerpo desgastado. Cada movimiento una pausa en el pasado. Dos, tres, seis, una sola canción.
Intento reflejarme.
Intento verme reflejado en.
Quisiera comprobar que he construido algo.
Percibo que existe algo detrás de mí que me presupone y me alienta a seguir.
Lo complejo es amable.
Puedo atrapar mis lazos con las huellas pensando en caricias, abrazos, sonrisas, miradas.
Es lo único que me convoca.
La afectividad como acontecimiento supremo.
Le propongo a alguien que intuyo soy yo, que cierre los ojos y vea ahí. Ese alguien me pide permiso para quedarse en ese lugar, entiendo que no quiere dejar ir. Me ha transmitido una calma incomparable. Pido permiso para dividirnos sabiendo que estoy más cerca de lo acostumbrado. Dijo el filósofo: cuanto más hondo vayamos, más lejos vamos a ir, pero debemos saber que eso producirá temor y temblor.
Es cierto. ¿Y qué más?
Desde hace tiempo indago estéticamente sobre los hombres y la memoria. No puedo concluir en algo, sólo intuyo un camino que me conduce irrefrenablemente a sentir que los accesos de entendimiento y visibilidad del pensamiento han estado ocupados en poca cosa.
Intuyo los rasgos más perennes de la identidad en el acercamiento y la confianza, incluso en el dolor y el descreimiento que aparentemente parecieran alejarnos de toda forma de continuación estimulante hacia lo divino, que entendiendo la definición de manera vincular no puede más que prometernos un espacio.
Este es nuestro lugar y hacia ahí vamos.
Cerca de lo contrario la poesía que extraigo de algo en mí dice:
Ahora bien. Bien.Como si fuera mi rostro un espejo.¿Qué ve?Si pierdo distancia de los otros.¿Qué ve?Ahora bien. Bien.Como si fuera un espejo.Como si fuera un espejo mi rostro. O mi rostro un espejo. ¿Qué hay para ver?Si yo no pregunto. ¿Quién?Como si fuera mi rostro un espejo que ve como si
Ahora es de noche y mis dedos generan un nuevo horizonte. Confío a mis manos lo que podría a mi mente. Elijo el claro movimiento. La certeza de mis extremidades. El instrumento que se despliega antes que aquello que presiento. Niveles de realidades. Ya nadie va a observar lo que ahora veo. De eso se trata.
Bocetos sobre la memoria.
Monday, August 18, 2008
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